lunes, 3 de agosto de 2009

¿Has visto el sol ponerse 43 veces? Yo si...

El Principito (Fracmento)

VI

¡Ah, principito, cómo he ido comprendiendo lentamente tu vida melancólica! Durante mucho tiempo tu única distracción fue la suavidad de las puestas de sol. Este nuevo detalle lo supe al cuarto día, cuando me dijiste:

-Me gustan mucho las puestas de sol; vamos a ver una puesta de sol…
-Tendremos que esperar…
-¿Esperar qué?
-Que el sol se ponga.

Pareciste muy sorprendido primero, y después te reíste de ti mismo. Y me dijiste:

-Siempre me creo que estoy en mi tierra.

En efecto, como todo el mundo sabe, cuando es mediodía en Estados Unidos, en Francia se está poniendo el sol. Sería suficiente poder trasladarse a Francia en un minuto para asistir a la puesta del sol, pero desgraciadamente Francia está demasiado lejos. En cambio, sobre tu pequeño planeta te bastaba arrastrar la silla algunos pasos para presenciar el crepúsculo cada vez que lo deseabas…

-¡Un día vi ponerse el sol cuarenta y tres veces!

Y un poco más tarde añadiste:

-¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste le gusta ver las puestas de sol.
-El día que la viste cuarenta y tres veces estabas muy triste ¿verdad?

Pero el principito no respondió.

Reir llorando...

Viendo a Garrik —actor de la Inglaterra—
el pueblo al aplaudirle le decía:
«Eres el mas gracioso de la tierra
y el más feliz...»
Y el cómico reía.

Víctimas del spleen, los altos lores,
en sus noches más negras y pesadas,
iban a ver al rey de los actores
y cambiaban su spleen en carcajadas.

Una vez, ante un médico famoso,
llegóse un hombre de mirar sombrío:
«Sufro —le dijo—, un mal tan espantoso
como esta palidez del rostro mío.

»Nada me causa encanto ni atractivo;
no me importan mi nombre ni mi suerte
en un eterno spleen muriendo vivo,
y es mi única ilusión, la de la muerte».

—Viajad y os distraeréis.
— ¡Tanto he viajado!
—Las lecturas buscad.
—¡Tanto he leído!
—Que os ame una mujer.
—¡Si soy amado!
—¡Un título adquirid!
—¡Noble he nacido!

—¿Pobre seréis quizá?
—Tengo riquezas
—¿De lisonjas gustáis?
—¡Tantas escucho!
—¿Que tenéis de familia?
—Mis tristezas
—¿Vais a los cementerios?
—Mucho... mucho...

—¿De vuestra vida actual, tenéis testigos?
—Sí, mas no dejo que me impongan yugos;
yo les llamo a los muertos mis amigos;
y les llamo a los vivos mis verdugos.

—Me deja —agrega el médico— perplejo
vuestro mal y no debo acobardaros;
Tomad hoy por receta este consejo:
sólo viendo a Garrik, podréis curaros.

—¿A Garrik?
—Sí, a Garrik... La más remisa
y austera sociedad le busca ansiosa;
todo aquél que lo ve, muere de risa:
tiene una gracia artística asombrosa.

—¿Y a mí, me hará reír?
—¡Ah!, sí, os lo juro,
él sí y nadie más que él; mas... ¿qué os inquieta?
—Así —dijo el enfermo— no me curo;
¡Yo soy Garrik!... Cambiadme la receta.

¡Cuántos hay que, cansados de la vida,
enfermos de pesar, muertos de tedio,
hacen reír como el actor suicida,
sin encontrar para su mal remedio!

¡Ay! ¡Cuántas veces al reír se llora!
¡Nadie en lo alegre de la risa fíe,
porque en los seres que el dolor devora,
el alma gime cuando el rostro ríe!

Si se muere la fe, si huye la calma,
si sólo abrojos nuestra planta pisa,
lanza a la faz la tempestad del alma,
un relámpago triste: la sonrisa.

El carnaval del mundo engaña tanto,
que las vidas son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.

Juan de Dios Peza

domingo, 2 de agosto de 2009

Oracion a mi mismo...


Que yo me permita mirar, escuchar, y soñar más.
Hablar menos.
Llorar menos.
Ver en los ojos de quienes me miran, la admiración que me tienen… y no la envidia que prepotentemente pienso que sienten.
Escuchar con mis oidos atentos y mi boca estática, las palabras que se hacen gestos y los gestos que se hacen palabras.
Permitir siempre escuchar aquello que yo no tengo permitido escuchar.
Saber realizar los sueños que nacen en mi y por mi, y conmigo mueren, por yo no saber que son sueños.
Entonces, que yo pueda vivir los sueños posibles y los imposibles; aquellos que mueren y resucitan a cada nuevo fruto, a cada nueva flor, a cada nuevo calor, a cada nuevo rocío, a cada nuevo día.
Que yo pueda soñar el aire, soñar el mar, soñar el amar.
Que yo me permita el silencio de las formas, de los movimientos, de lo imposible, de la imensidad de toda profundidad.
Que yo pueda substituir mis palabras por el toque, por el sentir, por el comprender, por el secreto de las cosas mas raras, por la oración mental (aquella que el alma cria y que sólo ella escucha, y sólo ella responde).
Que yo sepa dimensionar el calor, experimentar la forma, vislumbrar las curvas, diseñar las rectas, y aprender el sabor de la exuberancia que se muestra en las pequeñas manifestaciones de la vida.
Que yo sepa reproducir en el alma, la imagen que entra por mis ojos haciéndome parte suprema de la naturaleza, creándome y recreándome a cada instante.
Que yo pueda llorar menos de tristeza y más de alegrías.
Que mi llanto no sea en vano, que en vano no sean mis dudas.
Que yo sepa perder mis caminos, pero que sepa recuperar mis destinos con dignidad.
Que yo no tenga miedo de nada, principalmente de mi mismo:
Que yo no tenga miedo de mis miedos!
Que me quede dormido cada vez que vaya a derramar lágrimas inútiles, y despierte con el corazón lleno de esperanzas.
Que yo haga de mi, un hombre sereno dentro de mi propia turbulencia.
Sabio dentro de mis límites pequeños e inexactos.
Humilde delante de mis grandezas gafas e ingenuas (que yo me dé cuenta cuan pequeñas son mis grandezas, y cuan valiosa
es mi pequeñez).
Que yo me permita ser madre, ser padre, y, si fuere necesario, ser huérfano.
Permítame yo enseñar lo poco que sé y aprender lo mucho que no sé, traducir lo que los maestros enseñaron y comprender la alegría con que los simples
traducen sus experiencias; respetar incondicionalmente el ser; el ser por si solo, por más nada que pueda tener más allá de su esencia.
Auxiliar la soledad de quien llegó, rendirme al motivo de quien partió, y aceptar la alegría de quien quedó.
Que yo pueda amar y ser amado. Que yo pueda amar aún sin ser amado.
Hacer gentilezas cuando recibo cariños; hacer cariños aunque no reciba gentilezas.
Que yo jamás quede solo, aún cuando yo me quiera solo. Amen

Oswaldo Antônio Begiato

lunes, 2 de febrero de 2009

Aguilas y estrellas.

Del seno de las nieblas
a donde descendió mi estirpe de águilas;
vengo henchido de glorias y recuerdos,
de grandezas derruidas...
¡Soy mi raza!


¿Dónde fueron las tribus vencedoras un día del Anáhuac?
Ilhuicamina, el flechador del cielo,
Y Netzahualcóyotl, ¿dónde se hayan?
La Heroica Tribu Azteca
Cayó Rendida en La Contienda Aciaga
y sobre su cadáver van errantes,
sin redención, ni porvenir,
los parias...

Fatal como el destino
vengo desde la niebla desolada
a redimir mi estirpe...
¡Ya no alienta!,
¡No resta ni el recuerdo de la Patria!
- No, ¡no es esta mi estirpe!,
¡No es de esta raza el que al sentir
sus pupilas abrasarse, reía a sus verdugos…
¡Malinallí!..., ¿Qué hiciste de Mi Raza?
Han caído mis templos
Y mis dioses cayeron de sus aras;
El ahuehuetl, torciéndose de angustia,
eleva al cielo las vetustas ramas,
implorando de todos los caídos,
sin redención, sin glorias y sin lágrimas,
la reivindicación de sus agravios
y el tributo fatal de la venganza...

Una gota de sangre,
El Dios maligno al verter sobre el Anáhuac,
Engendró la traición...
Al extranjero se unieron tlaxcaltecas y los chalcas,
y la Malinche, hasta mi aduar les trajo...
¡Todas mis iras sobre ellos caigan...!
¡Oh, raza de cabello xochipalli y pupila azulada!
Para arrojarte de mis patrios lares,
se alzará de la huesa funeraria
la estirpe muerta,
la de testa brava,
y al sonar el huehuetl y el teponaxtle
agitará sus armas de obsidiana,
para arrancarte el corazón del pecho...
Raza de ojos azules, pelambre rubia y epidermis blanca!

¡No arraigarán en suelo de mexica
tus pinos ni tus palmas…!
¡No dejarán mis águilas al buitre,
hollar el pedestal de mis montañas...!
Ni tu sangre unirás, de mercaderes,
A mi sangre de Dioses, que es sagrada.
Raza de ojos azules, pelambre rubia y epidermis blanca!

¡A ti Malinche!, que en la eterna sombra de Mictlán te retuerces,
A ti vayan, para siempre jamás, los que a mi suelo,
al extranjero llaman...
Que tus hijos renieguen de su origen,
¡Su madre misma, airada, con mano propia se desgarre el vientre
que el monstruo engendrara!
Yo..., El alma de mi raza,
Yo..., El fuego que en sus piras encendían,
ánfora del rocío de sus lágrimas,
voluntad sacrosanta de mis dioses,
Yo..., El doliente recuerdo de su fama,
Evocaré con mi plañir de sombras
pobladoras del bosque y las montañas...

Raza sin abolengo
Surgida del cadáver de mi raza.
¿Quieres que de tus ruinas y leyendas, Tenochtitlán renazca?
¡Al indio resucita!
Al indio que sí evoca de la Patria el recuerdo sagrado,
Sólo sabe de bosques que le talan o girones de tierra que le roban
¡Resucita esa raza!
Y del cadáver Azteca, surja la redención del paria
¡Devuélvele el terruño!
Y en el terruño fundará la Patria
Caballeros del Sol, ¡tended el arco!
Caballeros Leones, ¡aprestad el arma!
¡Tended el arco caballeros tigres!,
que en el Teocali está encendida el ara
y vibra el huehuetl y el teponaxtle!!!
¡Requerid vuestras hondas, vuestras clavas,
Y unidos ofrendad al extranjero...
Nueva Otumba y en ella, noche trágica!

Sólo unidos al indio,
y los hijos de Cuauhtémoc y Cacama,
irán al templo de los dioses de oro,
para arrancar con su arma de obsidiana,
el corazón, al de azulados ojos,
Pelambre rubia y epidermis blanca...!
¡Huitzolopoxtli!
¡Resucita al cadáver de mi raza
de águilas hoscas y a la par bravías…!
¡Salva a mis dioses! Y redime al paria

Marcelino Dávalos

En Paz.

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Amado Nervo

La Rima de los Ayes

Cuando te hablen del luto más amargo,
de las desolaciones más amargas,
de la amargura de las negras hieles,
de la negra agresión de las nostalgias,
de las almas más tristes y más torvas,
de las frentes más torvas y más pálidas,
de los ojos más turbios y más secos,
de las noches más turbias y más largas,
de las fiebres más bravas y más rojas,
de las iras más sordas y más bravas:
acuérdate del tétrico enlutado,
de la lira siniestra y enlutada envuelta en negros paños,
como un féretro,
llena de sones y de voces vagas,
cual si gimiera un alma tenebrosa en el hueco sonoro de su caja.

¡Qué noche!
Palideces de cadáver tenían los fulgores de mi lámpara
y como una grande ave prisionera latía el corazón,
allá en la estancia, que estaba fría y negra, triste y negra:
negra con la presencia de mi alma!
De un rincón donde había mucha noche,
como un inmenso horror surgió un fantasma.
Acuérdate del ojo más opaco,
de la frente más lívida y más calva,
del presagio más triste de tus sueños,
de un miedo estrangulante como garra,
de la angustia de intensa pesadilla
que se siente caer como una lápida,
de la noche del Viernes doloroso... y piensa luego en mí:
¡yo era el fantasma!

¡Ah,(...)
cuando oigas hablar de esos tormentos cuyo amargor anega las gargantas,
que aprietan los sollozos delirantescomo filosos garfios de tenaza.
¡Ah,(...)
cuando oigas hablar de esos delirios que atormentan las vidas desoladas,
como los vientos nubios que atormentan la desolada arena del Sahara.
¡Ah,(...)
cuando oigas hablar de esas pasiones que vuelca el corazón como la lava
candente sangre de las hondas vetas que vuelca la erupción como honda náusea.
¡Ah,(...)
cuando oigas hablar de esas angustias que obscuros huecos en los pechos cavan,
cual la enorme espiral de remolinos que perfora en los golfos la resaca:
Diles que existe un lóbrego paraje en la infinita latitud de mi alma, con silenciosas noches de seis meses cual la triste península Kamchatka.
Que allí vive la musa de los Ayes,
mi concubina desolante y pálida,
en cuyas carnes hostilmente frías
se quiebra la Intención como una espada
Que allí existe una cumbre siempre muerta bajo el aire polar,
y que se llama Monte de las Tristezas,
y que moran familias de cipreses en sus faldas.
Que allí flotan lamentos de suicidas,
que allí humea una estéril solfatara,
donde están, capitales del Orgullo,-numerosas Pompeyas enterradas.
Que allí ruge una mar de ondas acerbas
que enturbian los asfaltos y las naftas,
y que en ella las almas desembocan los tristes sedimentos de sus llagas.
Que allí brama la fiera que está oculta tras el perfil de la frontera atávica,
que allí ladran los dogos formidables,
que allí retoña en su raíz la garra,
que allí recobra la siniestra célulatodos los cienos de su obscura infancia!
¡Ah, (...)
cuando oigas hablar de esos errantes
cuya leprosa piel quema y contagia,
cuando entres a esos lúgubres talleres
donde baten los hierros de las armas,
cuando sueñes que un sapo te acariciacon su beso de almizcles y de babas,
cuando recuerdes a Luzbel llorando
un llanto cruel como collar de brasas:
acuérdate del tétrico enlutado,
de la lira siniestra y enlutada,
que vibra como un féretro sonoro
que mantuviese prisionera un alma;
de los sonoros féretros que vibran
cual las liras siniestras y enlutadas,
del pálido siniestro que te besa,
del beso de huracán que hay en tu alma,
del huracán que pone con un beso
sus negros labios en tu frente pálida,
de la estrella y la noche:
de tu almay de mi alma.

Leopoldo Lugones (Las Montañas de Oro)