lunes, 2 de febrero de 2009

Aguilas y estrellas.

Del seno de las nieblas
a donde descendió mi estirpe de águilas;
vengo henchido de glorias y recuerdos,
de grandezas derruidas...
¡Soy mi raza!


¿Dónde fueron las tribus vencedoras un día del Anáhuac?
Ilhuicamina, el flechador del cielo,
Y Netzahualcóyotl, ¿dónde se hayan?
La Heroica Tribu Azteca
Cayó Rendida en La Contienda Aciaga
y sobre su cadáver van errantes,
sin redención, ni porvenir,
los parias...

Fatal como el destino
vengo desde la niebla desolada
a redimir mi estirpe...
¡Ya no alienta!,
¡No resta ni el recuerdo de la Patria!
- No, ¡no es esta mi estirpe!,
¡No es de esta raza el que al sentir
sus pupilas abrasarse, reía a sus verdugos…
¡Malinallí!..., ¿Qué hiciste de Mi Raza?
Han caído mis templos
Y mis dioses cayeron de sus aras;
El ahuehuetl, torciéndose de angustia,
eleva al cielo las vetustas ramas,
implorando de todos los caídos,
sin redención, sin glorias y sin lágrimas,
la reivindicación de sus agravios
y el tributo fatal de la venganza...

Una gota de sangre,
El Dios maligno al verter sobre el Anáhuac,
Engendró la traición...
Al extranjero se unieron tlaxcaltecas y los chalcas,
y la Malinche, hasta mi aduar les trajo...
¡Todas mis iras sobre ellos caigan...!
¡Oh, raza de cabello xochipalli y pupila azulada!
Para arrojarte de mis patrios lares,
se alzará de la huesa funeraria
la estirpe muerta,
la de testa brava,
y al sonar el huehuetl y el teponaxtle
agitará sus armas de obsidiana,
para arrancarte el corazón del pecho...
Raza de ojos azules, pelambre rubia y epidermis blanca!

¡No arraigarán en suelo de mexica
tus pinos ni tus palmas…!
¡No dejarán mis águilas al buitre,
hollar el pedestal de mis montañas...!
Ni tu sangre unirás, de mercaderes,
A mi sangre de Dioses, que es sagrada.
Raza de ojos azules, pelambre rubia y epidermis blanca!

¡A ti Malinche!, que en la eterna sombra de Mictlán te retuerces,
A ti vayan, para siempre jamás, los que a mi suelo,
al extranjero llaman...
Que tus hijos renieguen de su origen,
¡Su madre misma, airada, con mano propia se desgarre el vientre
que el monstruo engendrara!
Yo..., El alma de mi raza,
Yo..., El fuego que en sus piras encendían,
ánfora del rocío de sus lágrimas,
voluntad sacrosanta de mis dioses,
Yo..., El doliente recuerdo de su fama,
Evocaré con mi plañir de sombras
pobladoras del bosque y las montañas...

Raza sin abolengo
Surgida del cadáver de mi raza.
¿Quieres que de tus ruinas y leyendas, Tenochtitlán renazca?
¡Al indio resucita!
Al indio que sí evoca de la Patria el recuerdo sagrado,
Sólo sabe de bosques que le talan o girones de tierra que le roban
¡Resucita esa raza!
Y del cadáver Azteca, surja la redención del paria
¡Devuélvele el terruño!
Y en el terruño fundará la Patria
Caballeros del Sol, ¡tended el arco!
Caballeros Leones, ¡aprestad el arma!
¡Tended el arco caballeros tigres!,
que en el Teocali está encendida el ara
y vibra el huehuetl y el teponaxtle!!!
¡Requerid vuestras hondas, vuestras clavas,
Y unidos ofrendad al extranjero...
Nueva Otumba y en ella, noche trágica!

Sólo unidos al indio,
y los hijos de Cuauhtémoc y Cacama,
irán al templo de los dioses de oro,
para arrancar con su arma de obsidiana,
el corazón, al de azulados ojos,
Pelambre rubia y epidermis blanca...!
¡Huitzolopoxtli!
¡Resucita al cadáver de mi raza
de águilas hoscas y a la par bravías…!
¡Salva a mis dioses! Y redime al paria

Marcelino Dávalos

En Paz.

Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Amado Nervo

La Rima de los Ayes

Cuando te hablen del luto más amargo,
de las desolaciones más amargas,
de la amargura de las negras hieles,
de la negra agresión de las nostalgias,
de las almas más tristes y más torvas,
de las frentes más torvas y más pálidas,
de los ojos más turbios y más secos,
de las noches más turbias y más largas,
de las fiebres más bravas y más rojas,
de las iras más sordas y más bravas:
acuérdate del tétrico enlutado,
de la lira siniestra y enlutada envuelta en negros paños,
como un féretro,
llena de sones y de voces vagas,
cual si gimiera un alma tenebrosa en el hueco sonoro de su caja.

¡Qué noche!
Palideces de cadáver tenían los fulgores de mi lámpara
y como una grande ave prisionera latía el corazón,
allá en la estancia, que estaba fría y negra, triste y negra:
negra con la presencia de mi alma!
De un rincón donde había mucha noche,
como un inmenso horror surgió un fantasma.
Acuérdate del ojo más opaco,
de la frente más lívida y más calva,
del presagio más triste de tus sueños,
de un miedo estrangulante como garra,
de la angustia de intensa pesadilla
que se siente caer como una lápida,
de la noche del Viernes doloroso... y piensa luego en mí:
¡yo era el fantasma!

¡Ah,(...)
cuando oigas hablar de esos tormentos cuyo amargor anega las gargantas,
que aprietan los sollozos delirantescomo filosos garfios de tenaza.
¡Ah,(...)
cuando oigas hablar de esos delirios que atormentan las vidas desoladas,
como los vientos nubios que atormentan la desolada arena del Sahara.
¡Ah,(...)
cuando oigas hablar de esas pasiones que vuelca el corazón como la lava
candente sangre de las hondas vetas que vuelca la erupción como honda náusea.
¡Ah,(...)
cuando oigas hablar de esas angustias que obscuros huecos en los pechos cavan,
cual la enorme espiral de remolinos que perfora en los golfos la resaca:
Diles que existe un lóbrego paraje en la infinita latitud de mi alma, con silenciosas noches de seis meses cual la triste península Kamchatka.
Que allí vive la musa de los Ayes,
mi concubina desolante y pálida,
en cuyas carnes hostilmente frías
se quiebra la Intención como una espada
Que allí existe una cumbre siempre muerta bajo el aire polar,
y que se llama Monte de las Tristezas,
y que moran familias de cipreses en sus faldas.
Que allí flotan lamentos de suicidas,
que allí humea una estéril solfatara,
donde están, capitales del Orgullo,-numerosas Pompeyas enterradas.
Que allí ruge una mar de ondas acerbas
que enturbian los asfaltos y las naftas,
y que en ella las almas desembocan los tristes sedimentos de sus llagas.
Que allí brama la fiera que está oculta tras el perfil de la frontera atávica,
que allí ladran los dogos formidables,
que allí retoña en su raíz la garra,
que allí recobra la siniestra célulatodos los cienos de su obscura infancia!
¡Ah, (...)
cuando oigas hablar de esos errantes
cuya leprosa piel quema y contagia,
cuando entres a esos lúgubres talleres
donde baten los hierros de las armas,
cuando sueñes que un sapo te acariciacon su beso de almizcles y de babas,
cuando recuerdes a Luzbel llorando
un llanto cruel como collar de brasas:
acuérdate del tétrico enlutado,
de la lira siniestra y enlutada,
que vibra como un féretro sonoro
que mantuviese prisionera un alma;
de los sonoros féretros que vibran
cual las liras siniestras y enlutadas,
del pálido siniestro que te besa,
del beso de huracán que hay en tu alma,
del huracán que pone con un beso
sus negros labios en tu frente pálida,
de la estrella y la noche:
de tu almay de mi alma.

Leopoldo Lugones (Las Montañas de Oro)